Experiencias de viaje, por Emilio Nogueira (*)
Un aeropuerto moderno y amplio con mucho vidrio y más aire acondicionado. Una bandada de taxistas y no tanto que se aparecen en la vereda como palomas buscando migas. Un frenético recorrido por calles imposibles para internarnos en la ciudad. Un “ruido” visual “ensordecedor”: carteles de todos los tamaños y colores, gente y más gente, postes con incontables manojos de cables, miles de motos y motitos, cemento y verde tropical. Así de intensa es la capital de Tailandia. Mucho de todo.
Para regular ese previsible shock cultural, habíamos elegido un pequeño hotel-oasis en Sukhumvit, una zona central, bien servida por transporte público y relativamente autóctona, poco turística. Contábamos con una piscina climatizada –es decir vidriada y con aire acondicionado- y un espléndido bar en la terraza para terminar la noche.
El espectáculo comenzó apenas salimos del hotel: parrillas callejeras con comidas indescifrables; mini-acoplados con toldo, mini-sillas de plástico, música fuerte y bebidas frías; gente ofreciendo todo tipo de cosas; gente caminando, en moto y en bicicleta, todos intentando esquivarse entre sí; gente devorando una brochette de mejor-no-preguntar con guarnición de insectos-proteicos-pero-ni-loco-te-pruebo… una dinámica típica del sudeste asiático, un caos aparentemente auto-regulado, un show…
Uno de los números de ese gran circo al aire libre consistía en personas con un centímetro colgando del cuello y muñequeras con alfileres que se acercaban reiteradamente al grito de “yet-yet”. Cuando entendí que eran sastres ofreciendo camisas a medida, accedí a entrar en un local y en menos de un minuto me tomaron las medidas para luego guiarme a través de una enorme cantidad de muestrarios. Me prometieron tener las camisas listas para esa misma tarde y cumplieron. Creo que llevó más tiempo elegir la tela que confeccionar las seis camisas que, debo decirlo, salieron perfectas. Eficiencia asiática.
Creo que hay dos experiencias imperdibles cuando se visita Bangkok: una es el tuk-tuk. Estos triciclos con techo, motor potente y un conductor temerario brindan la forma más rápida y divertida de llegar a todos lados. Sugiero tener claro previamente adonde ir y lo que debería costar, marcarlo en un mapa junto con el conductor y acordar el precio. Eso hicimos y escurriéndonos entre gente y vehículos fue que llegamos a Wat Pho, un templo sobre el río Chao Phraya con miles de bellísimos detalles de arquitectura budista que aloja un descomunal Buddha dorado de 46 metros de largo. Sin embargo, la rareza no es su tamaño sino que se presenta acostado en lugar de sentado.
A la salida regateamos un long-tail –canoa con “asientos” desmontables con el aspecto de cajones de soda, motorcito y “capitán” sin apuro- para navegar hasta Taling Chan. Se trata de un modesto mercado flotante escondido en uno de los cientos de canales en donde amarran largas y angostas canoas cargadísimas con frutas tropicales, pescado fresco y disecado, ollas humeantes y todo para satisfacer a los vecinos que llegan remando para cumplir el sueño occidental de comprar sin bajarse del vehículo.
Párrafo aparte para la auténtica comida tailandesa, líder indiscutida de mi propio ranking mundial por ser la única que reúne cinco características aparentemente contradictorias: salada, amarga, dulce, agria y picante. Desde un simple pero aromático arroz frito hasta un complejo curry rojo, verde o amarillo. Con langostinos, pollo o verduras. Con o sin leche de coco. Con o sin chili. En cualquier caso entregan una exótica e intensa combinación de sabores y aromas que emociona. Para no perdérsela.
Nuestro viaje por el sudeste asiático recién comenzaba y aunque no lo crean, lo más exótico estaba por venir.
(*) Licenciado en Turismo
Fundador de i-Selector Travel