
Dentro de algunos días se cumplirán 63 años de un hecho policial que pocos recuerdan pero que en su tiempo mantuvo en vilo al país y afectó particularmente a Villaguay. Entre el 19 y el 25 de febrero de 1955 fueron apareciendo los pedazos del cuerpo de una mujer en distintos puntos de la Capital Federal y el Conurbano: primero el torso en el partido bonaerense de Hurlingham, después las piernas en el barrio porteño de Villa Soldati y finalmente la cabeza en una canasta que flotaba en el Riachuelo. No fue nada fácil resolver el caso: primero resultó complicado identificar a la víctima y luego fue difícil dar con el asesino. En el interín, la policía arrestó a la persona que estaba más a mano: un joven que había tenido la mala suerte de haber sido visto en cercanías del lugar del crimen. Ese muchacho tenía 23 años, era conocido como ‘Piraña’ González y estaba domiciliado en una humilde casita de la zona sur de Villaguay.
"El hallazgo del tronco de una mujer en las calles del conurbano en febrero de 1955 hizo temblar a todos y dio comienzo a una de las investigaciones policiales más salientes de la historia criminal argentina", recordó el sitio Infobae en una nota publicada a principios de este mes.
Fue durante los días agobiantes de carnaval. El 19 de febrero de 1955 un sacerdote que caminaba cerca de la estación Hurlingham hizo el primer hallazgo: un torso metódicamente envuelto en papel madera. Al poco tiempo, el 25 de febrero, una vecina de Villa Soldati encontró las piernas en una zanja, ocultas prolijamente en un paquete. Y horas después, un marinero que navegaba por el Riachuelo dio con un objeto raro que flotaba por allí. Descubrió que se trataba de una cabeza guardada en un canasto.
Previsiblemente, el caso provocó escozor e intriga en la población, temerosa de que un descuartizador anduviera suelto en las calles. Para colmo, la prensa filtraba detalles macabros que multiplicaban la psicosis: revelaba, por ejemplo, que el asesino había limado las yemas de los dedos de su víctima y que los envoltorios no tenían ni una gota de sangre.
Pasaron varios días hasta que se pudo determinar que el torso, las piernas y la cabeza pertenecían a una sola mujer, aunque todavía no podía ser identificada. Pronto se vio que el cuerpo presentaba una cicatriz de una operación de clavícula que no era habitual en aquellos tiempos. Se buscó entonces en distintos centros médicos y se dio con una ficha médica en el Hospital Argerich, que tenía los datos de una paciente llamada Alcira Methyger, de 27 años.

La dirección que figuraba entre los registros era la de una familia que la había tomado como empleada doméstica pero que no tenía noticias de ella desde hacía tiempo Poco después, los investigadores llegaron a un hotel de la calle Chacabuco, donde hallaron efectos personales y una valija de la joven. Pero nadie la había visto recientemente: apenas se sabía que era salteña y que trabajaba en algunas casas de la zona.
Finalmente apareció su hermana. Fue ella quien relató que Alcira tenía un amigo llamado Jorge Eduardo Burgos, para quien había trabajado en una residencia ubicada en un edificio de calle Montes de Oca 280, en el barrio de Barracas.
Hacía allí fueron las autoridades. Tocaron timbre en medio de la noche y fueron recibidos por los padres del sospechoso, que en ese momento estaba viajando en tren rumbo a Mar del Plata. Los dueños de casa contaron que Jorge había quedado solo en el domicilio durante el último mes porque ellos habían estado de vacaciones.
"Recién entonces la policía tuvo la certeza de que Burgos era la persona que buscaban. Y no se equivocaron. Tres oficiales de la Federal subieron al tren en pleno trayecto y lo apresaron. Media hora después, el sospechoso confesaba con amplitud el horroroso homicidio", describió una revista que reconstruyó el caso una década más tarde.

Jorge Burgos fue detenido cuando viajaba en tren a Mar del Plata.
A partir del relato del propio asesino se pudo determinar el vínculo que lo unía con Alcira y cómo había sido el crimen. Inicialmente, la joven había trabajado como empleada doméstica de la familia y luego tuvieron un romance. El 17 de febrero de 1955 discutieron en el baño y Burgos le dio un empujón: ella cayó, se golpeó la cabeza y falleció de inmediato.
"Yo amaba a Alcira, la amaba como tal vez nadie pueda hacerlo. Pero un día, revisando uno de los libros que yo le prestaba, descubrí una carta. Estaba dirigida a un hombre. Comprendí que entre ambos existía una relación muy íntima. Fue una dura sorpresa para mí. Al día siguiente teníamos que encontrarnos en el departamento. Le enrostré su mal proceder. Ella reaccionó violentamente. Nos ofuscamos, me agredió físicamente y yo perdí toda noción de lo que estaba sucediendo. Me mordió una mano y para tratar de zafarme la tomé violentamente del cuello. Sentí que se desmayaba. Pasaron diez, veinte minutos y Alcira seguía inmóvil. No tenía pulso ni respiración. Entonces me di cuenta de que estaba muerta. Fue una circunstancia horrorosa. Creí enloquecer. Tenía que hacer desaparecer el cadáver y entonces hice todo eso que ya saben", declaró Burgos en una entrevista luego de salir de la cárcel en la que había permanecido durante 10 años.
Desde entonces se recluyó, solitario, en el departamento de la calle Montes de Oca, donde vivió hasta sus últimos días.

La casa de los Burgos en la actualidad
En Villaguay
Mucho antes, el 26 de febrero de 1955, al día siguiente del descubrimiento de la cabeza de Alcira en el Riachuelo, la policía detuvo en Villaguay a un muchacho que parecía corresponder con el perfil del asesino, empezando por el hecho de que era diestro con el cuchillo y tenía algún antecedente de violencia conyugal, además de haber estado trabajando en un frigorífico de Buenos Aires en los días en que se cometió el crimen.
"Al promediar la mañana del sábado último, nuestra población advirtió la presencia de varios funcionarios de la policía metropolitana. Tras las diversas conjeturas que tal presencia suscitó en los primeros momentos se supo que la misma se relacionaba con el bárbaro y misterioso crimen de la mujer descuartizada en la provincia de Buenos Aires", informó EL PUEBLO en esos días.
"La policía porteña, cuyos representantes ocupaban un moderno y lujoso vehículo, se había trasladado a esta ciudad en persecución de Alejandro González (a) ‘Piraña’, muchacho de aquí, sindicado probablemente como autor, coautor, cómplice o sabedor del crimen. González fue detenido en una modesta vivienda del barrio sud, en la que moran sus padres y algunos hermanitos. Poco después fue conducido a la Capital Federal, quedando aquí las deducciones más dispares, inclusive sobre la verdadera identidad del detenido, debido a una confusión entre él y un hermano suyo, también lustrabotas y mandadero en el medio local en otros tiempos», describió este diario en una extensa nota de tapa.
Además se reprodujo allí un informe de una agencia de noticias de Buenos Aires, que decía lo siguiente:
"Tras ímproba labor, la policía detuvo en Villaguay a Alejandro González, argentino, de 23 años, el mismo sujeto a quien personal de la zona militar de Caseros había sorprendido en la noche que precedió a la aparición del torso de una mujer en una alcantarilla. En esa oportunidad, el individuo evidenció una fuerte perturbación, declarando que se encontraba en dificultades con una mujer y que al salir a caminar para tranquilizarse se perdió y entró inadvertidamente en la zona militar".
"Esa noche, González había proporcionado un domicilio falso, lo cual dificultó su localización. Pero como también había dicho que trabajaba en un frigorífico de Avellaneda, la policía recorrió todos esos establecimientos y logró finalmente dar con su ficha. Allí aparecía domiciliado en una de las calles de un rancherío cercano a un cementerio".
"Poco después se pudo establecer que González había viajado a Entre Ríos, Interrogada su concubina, manifestó que el joven era un verdadero desequilibrado que la sometía a frecuentes malos tratos. Con esos pormenores, los investigadores se trasladaron de inmediato a Villaguay, detuvieron a González y lo trasladaron a Buenos Aires".
Cuando EL PUEBLO reveló todos esos datos, el 3 de marzo, el muchacho llevaba detenido más de una semana y durante ese lapso había sido sometido a "frecuentes interrogatorios". Mientras tanto, el caso "continuaba envuelto en impenetrable misterio". Pero no habría de seguir así por mucho tiempo. Apenas 24 horas más tarde, se informó que "Jorge Eduardo Burgos, argentino, corredor de seguros, había confesado su delito tras ser detenido cuando se dirigía a Mar del Plata y ahora se halla a disposición de la Justicia".
El diario de Villaguay, por su parte, dejó en claro que "de las investigaciones policiales resulta que Carlos Alejandro González, el muchacho de nuestra ciudad, no ha tenido nada que ver con el bárbaro crimen". El tema siguió siendo noticia en estas páginas durante algunos días más. El 5 de marzo, un título revelaba: "Por celos estranguló Burgos a Alcira Methyger". Y esa misma semana, otro titular decía: "El padre de Burgos pide a la sociedad que 'juzgue con el corazón' a su hijo".
De ‘Piraña’ González jamás se supo demasiado. Lo único claro es que jamás volvió a repetir sus intensos días de fama, tan imprevista y tan desgraciada.