Tomó 50 años a la idea inicial, volverse útil. Debió mediar la patada al tablero universal de un minúsculo virus que nos hizo volver la mirada para descubrir lo que alguien supo mucho antes y acabamos de aprender. Ya nada sería igual. Ahora asistimos a la resurrección de muy buenas ideas que parecían venir en contramano, por lo cual no nos importaba frenar y analizarlas.
Otra cosa es cuando la idea viene con una tropa de calamidades detrás y nos embiste. Todos nos detenemos entonces... Como dice David Lebón, El tiempo es veloz. Nos lleva años descubrir y aceptar una verdad cuando alguien inesperadamente la proclama y cuando la vemos venir en contramano de nuestro confort. Silvio Rodríguez lo dice de otra manera pero con la misma intriga cuando pregunta: ¿por qué lo más terrible se aprende enseguida y lo bueno y lo bello nos cuesta la vida?
La facilitación de las comunicaciones hace que a estos negocios los vean primero los que manejan el asunto de “la vida online”. De hecho Mark Zuckerberg (el mago de Facebook) ya anunció que la mitad de su gente, trabajará desde su casa en lo sucesivo. Otro tanto empieza a planearse en Twitter, otras redes sociales, las telefónicas, etc. Nada será igual.
Estas decisiones tiran abajo conceptos que fueron construidos por la arquitectura y el mundo de los negocios por años. Siempre ha sido considerado que los enormes edificios que pueden contener miles de empleados de una empresa en pequeñas superficies son ideales. Ya no. Es probable que esas ideas cambien para siempre desde que la aglomeración de personas en edificios de las capitales ha resultado letal en todo el mundo. La gran ciudad es una incubadora perfecta para este virus que necesita pasar de persona a persona para no cerrar su ciclo.
De pronto, una pequeña aldea con un paisaje bucólico, amplios espacios vacíos, vida silvestre y ausencia de actividad humana, pasa a ser un lugar deseado para bancarse esta doble cuarentena que viene a contramano y disfrutar del distanciamiento social sin esfuerzo alguno.
La facilitación de las comunicaciones hace que a estos negocios los vean primero los que manejan el asunto de “la vida online”. De hecho Mark Zuckerberg (el mago de Facebook) ya anunció que la mitad de su gente, trabajará desde su casa en lo sucesivo. Otro tanto empieza a planearse en Twitter, otras redes sociales, las telefónicas, etc. Nada será igual.
Estas decisiones tiran abajo conceptos que fueron construidos por la arquitectura y el mundo de los negocios por años. Siempre ha sido considerado que los enormes edificios que pueden contener miles de empleados de una empresa en pequeñas superficies son ideales. Ya no. Es probable que esas ideas cambien para siempre desde que la aglomeración de personas en edificios de las capitales ha resultado letal en todo el mundo. La gran ciudad es una incubadora perfecta para este virus que necesita pasar de persona a persona para no cerrar su ciclo.
De pronto, una pequeña aldea con un paisaje bucólico, amplios espacios vacíos, vida silvestre y ausencia de actividad humana, pasa a ser un lugar deseado para bancarse esta doble cuarentena que viene a contramano y disfrutar del distanciamiento social sin esfuerzo alguno.
A propósito, Giovanni Boccaccio escribió en la edad media, “Decameron”, una recopilación de 100 cuentos relatados por los protagonistas de la historia que transcurre en Florencia en epidemia allá por el año 1348.
Durante la peste bubónica, que afectó esa ciudad italiana hace casi 700 años, 10 jóvenes de la clase alta (siete mujeres y tres hombres), deciden abandonar la ciudad y refugiarse en la mansión de una pequeña aldea cercana, costumbre que era común en la clase acomodada durante la peste. Permanecieron allí por diez días despojándose del miedo y por las noches de los prejuicios, cantando, bebiendo y olvidados del drama terrible de la gran ciudad… Para qué negar que en algún momento de la noventena la historia de Boccaccio pasó por nuestra cabeza. Solo nos faltaba ser de clase alta, tener una pequeña mansión en una aldea cercana y algo de dinero para sostener el banquete y las noches de literatura.
El aislamiento social era lo único que estaba garantizado. No pasó, pero aprendimos algo de Boccaccio: nada como una mansión en el campo abierto para una cuarentena larga…
Daniel de Michele
eljibaro2002@gmail.com

