Como viajante de comercio pasaba por aquel pueblo cinco o seis veces al año. Ni siquiera era un pueblo. Un almacén entre baldío y baldío, la carnicería, la estafeta, en la vereda de enfrente una larga pared de ladrillos sin revoque, tres ventanas altas con marcos marrón oscuro, una clásica puerta de dos hojas sin visillos en los vidrios esmerilados, un eterno polvillo que levantaba el viento del norte, haciendo de las siestas una duermevela interminable.
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