El cartel de los
manifestantes dice: «Macron traverse la rue pour voir», «Macron cruce la calle
para ver». Foto: Abdul Saboor/REUTERS.El domingo 18, diez minutos en cadena nacional
bastaron para escenificar la paradoja central del poder en la Francia actual.
Tras la jornada del sábado 17 —marcada por una extrema tensión y por intentos
de saqueo que se prolongaron hasta altas horas de la noche—, Emmanuel Macron
reapareció públicamente con el aplomo y el tono verticalista de quien se prueba
el traje de "jefe" empresarial.
Sin embargo, detrás de la escenografía de
la autoridad, el discurso dejó al descubierto la falta de respuestas políticas
concretas —a pesar de los anuncios de nuevos profesores suplentes para los
liceos y de pedido de toques de queda, realizados mientras se escribe este
artículo—. Sin proyectos de ley de emergencia, sin el uso de ordenanzas
extraordinarias y entrampado en un bloqueo institucional debido a la falta de
una mayoría propia en la Asamblea, el Ejecutivo se vio impotente para legislar
con rapidez. Negándose a gobernar mediante soluciones reales, la única oferta
del Palacio del Elíseo frente a una crisis social multisectorial fue la promesa
de una futura mesa de diálogo. Para la prensa y los analistas en París, la
lectura fue inmediata: el "jefe" habló, pero en realidad ofreció la
alegoría de una simple reunión de gestión para ganar tiempo ante los seis meses
—palabras textuales— que restan en el horizonte político inmediato hacia las
elecciones presidenciales de abril de 2027.
En ese mismo tono, Macron apeló
directamente a la "responsabilidad" de los partidos políticos y
sindicatos, exigiéndoles una condena unívoca de los disturbios. ¿A qué
respondía esta jugada? Buscó desviar el foco de la protesta social y trasladar
la culpa hacia las fuerzas de oposición, acusándolas de avalar indirectamente
el caos y de instrumentalizar la calle con fines electorales anticipados. La
jugada, sin embargo, generó un rechazo transversal en todo el espectro
político.
LA CALLE EN PLURAL: DEL
LICEO A LA UNIVERSIDAD TOMADA
Lo ocurrido no fue un estallido aislado.
La protesta es el punto de convergencia de una frustración heterogénea pero
profunda. Como muestra el contundente comunicado emitido el pasado 14 de
octubre por la Asamblea General de doctorandas, ATER, encargadas de curso y vacataires
de la Universidad Sorbonne Nouvelle, el conflicto educativo viene gestándose
desde las bases contra el desmantelamiento de lo público, extendiéndose desde
los liceos hasta la universidad.
La respuesta oficial a este malestar ha
sido profundamente burocrática y represiva. Mientras la presidencia de la
Sorbonne Nouvelle recurría a las fuerzas del orden para desalojar campus y
acosar a cientos de estudiantes y docentes, el Ejecutivo nacional optó por
minimizar el conflicto invitando a la comunidad educativa a volcar sus quejas
en una "plataforma de internet" o prometiendo "sentarlos a una
mesa". Para los estudiantes y profesores, esto no es más que una maniobra
de distracción frente al recorte presupuestario, la precarización laboral de
los docentes temporarios y el intento sistemático de mercantilizar la educación
superior.
A este escenario se sumaron los reclamos
históricos de los Chalecos Amarillos sobre el costo de vida y el precio del
gasoil —un detonante que Macron intentó desactivar apelando a un discurso de
soberanía petrolera que funciona más como un guiño nacionalista que como una
respuesta social—, además del malestar latente de pequeños y medianos
productores rurales.
LA RABIA DEL CONSUMO Y LA
DISPUTA SIMBÓLICA
La paradoja de esta crisis capitalista se
vio en las calles con los saqueos nocturnos. Para una mirada argentina, estas
imágenes pueden traer a la memoria colectiva el colapso de 2001, aunque con una
diferencia sustancial: mientras que en las crisis del Sur Global el saqueo
suele vincularse estrictamente a la supervivencia alimentaria, desde la
periferia hacia el centro de París el fenómeno expone un malestar ligado
directamente al consumo.
Aquí cobra plena vigencia la advertencia
de Karl Marx cuando señalaba que "el dinero es el alcahuete entre la
necesidad del hombre y el objeto, entre su vida y sus medios de vida".
Ya sea que se critique la vandalización de más de 1.500 comercios de barrio y
pequeños trabajadores, o el hurto simbólico de una cartera de lujo en las
grandes boutiques, el dinero y la mercancía operan en estos disturbios como el
termómetro de una profunda frustración.
París representa una promesa de bienestar,
acceso a la cultura y consumo que hoy resulta estructuralmente inaccesible para
la juventud de las banlieues y de las coronas del Gran París. La pérdida
de esa capacidad de consumo genera una rabia que a menudo deriva en una
preocupante violencia "del pueblo contra el pueblo", afectando tanto
a corporaciones como a pequeños comerciantes y fracturando el tejido social.
Este malestar en la cultura del consumo
capitalista se evidenció también el domingo por la mañana cuando, de manera
espontánea, se armaban asambleas populares entre los ciudadanos. Muchos de ellos,
incluso, colaboraban activamente en limpiar y ordenar una ciudad marcada por
las secuelas de manifestaciones que oscilaron entre la protesta pacífica y el
enfrentamiento directo con las fuerzas represivas.
MINIMIZAR EL FUEGO CON UN
DISCURSO VACÍO
Al afirmar tajantemente que "Francia
no está en guerra", Macron intentó bajarle el precio a su propia
retórica belicista previa —visibilizada en una reestructuración presupuestaria
donde el gasto en Defensa y las Armadas ha superado históricamente los recursos
destinados a la Educación Nacional—. Pero esta moderación táctica esconde una
negativa rotunda a hacerse cargo de la dimensión real del descontento.
Francia, pese a quien le pese, está en
lucha; y esa lucha es la lucha de clases ante un régimen, el capitalista, que
no puede dar respuestas. París se erige así como el espejo rojo: al igual que
en Madrid la lucha por la vivienda digna expone la crisis habitacional, aquí
los asalariados, los trabajadores en general y los estudiantes demuestran ser
conscientes de una disputa por un mejor nivel de vida, donde el dinero es
simplemente el alcahuete que encubre un problema mayor: la distribución
de lo material y lo simbólico, las formas de producir y consumir, el rol del
Estado y el papel de un gobierno que, en muchos casos, oficia de
"jefe" administrador de los intereses del capital financiero.
Mientras el poder intente disolver la
revuelta social con gestos de autoridad vacíos y represión en las calles, en
las escuelas y en las universidades, la brecha entre el centro y las
periferias, la asimetría entre la ciudad y el campo, y la crisis habitacional y
laboral continuarán profundizándose. Se abre así un panorama en disputa sobre
el presente y el futuro político de un país que siempre ha sido faro y espejo
para otras sociedades.
Mientras tanto, la ciudadanía se organiza
desde las aulas hasta los barrios y grupos comunitarios, sostenida por una
convicción: que la salida debe ser por izquierda, pues es bien sabido que del
caos la extrema derecha siempre saca provecho. Quizás revisar el pasado y
aprender de él para no repetir errores sea la verdadera escoba para limpiar los
escombros y las vidrieras rotas de un sistema que ya no puede sostenerse en
pie.