OPINIÓN, DESDE FRANCIA. PARÍS: LA VIDRIERA ROTA DEL CAPITALISMO, POR MARIO DANIEL VILLAGRA

El cartel de los manifestantes dice: «Macron traverse la rue pour voir», «Macron cruce la calle para ver». Foto: Abdul Saboor/REUTERS.

El domingo 18, diez minutos en cadena nacional bastaron para escenificar la paradoja central del poder en la Francia actual. Tras la jornada del sábado 17 —marcada por una extrema tensión y por intentos de saqueo que se prolongaron hasta altas horas de la noche—, Emmanuel Macron reapareció públicamente con el aplomo y el tono verticalista de quien se prueba el traje de "jefe" empresarial.

Sin embargo, detrás de la escenografía de la autoridad, el discurso dejó al descubierto la falta de respuestas políticas concretas —a pesar de los anuncios de nuevos profesores suplentes para los liceos y de pedido de toques de queda, realizados mientras se escribe este artículo—. Sin proyectos de ley de emergencia, sin el uso de ordenanzas extraordinarias y entrampado en un bloqueo institucional debido a la falta de una mayoría propia en la Asamblea, el Ejecutivo se vio impotente para legislar con rapidez. Negándose a gobernar mediante soluciones reales, la única oferta del Palacio del Elíseo frente a una crisis social multisectorial fue la promesa de una futura mesa de diálogo. Para la prensa y los analistas en París, la lectura fue inmediata: el "jefe" habló, pero en realidad ofreció la alegoría de una simple reunión de gestión para ganar tiempo ante los seis meses —palabras textuales— que restan en el horizonte político inmediato hacia las elecciones presidenciales de abril de 2027.

En ese mismo tono, Macron apeló directamente a la "responsabilidad" de los partidos políticos y sindicatos, exigiéndoles una condena unívoca de los disturbios. ¿A qué respondía esta jugada? Buscó desviar el foco de la protesta social y trasladar la culpa hacia las fuerzas de oposición, acusándolas de avalar indirectamente el caos y de instrumentalizar la calle con fines electorales anticipados. La jugada, sin embargo, generó un rechazo transversal en todo el espectro político.

LA CALLE EN PLURAL: DEL LICEO A LA UNIVERSIDAD TOMADA

Lo ocurrido no fue un estallido aislado. La protesta es el punto de convergencia de una frustración heterogénea pero profunda. Como muestra el contundente comunicado emitido el pasado 14 de octubre por la Asamblea General de doctorandas, ATER, encargadas de curso y vacataires de la Universidad Sorbonne Nouvelle, el conflicto educativo viene gestándose desde las bases contra el desmantelamiento de lo público, extendiéndose desde los liceos hasta la universidad.

La respuesta oficial a este malestar ha sido profundamente burocrática y represiva. Mientras la presidencia de la Sorbonne Nouvelle recurría a las fuerzas del orden para desalojar campus y acosar a cientos de estudiantes y docentes, el Ejecutivo nacional optó por minimizar el conflicto invitando a la comunidad educativa a volcar sus quejas en una "plataforma de internet" o prometiendo "sentarlos a una mesa". Para los estudiantes y profesores, esto no es más que una maniobra de distracción frente al recorte presupuestario, la precarización laboral de los docentes temporarios y el intento sistemático de mercantilizar la educación superior.

A este escenario se sumaron los reclamos históricos de los Chalecos Amarillos sobre el costo de vida y el precio del gasoil —un detonante que Macron intentó desactivar apelando a un discurso de soberanía petrolera que funciona más como un guiño nacionalista que como una respuesta social—, además del malestar latente de pequeños y medianos productores rurales.

LA RABIA DEL CONSUMO Y LA DISPUTA SIMBÓLICA

La paradoja de esta crisis capitalista se vio en las calles con los saqueos nocturnos. Para una mirada argentina, estas imágenes pueden traer a la memoria colectiva el colapso de 2001, aunque con una diferencia sustancial: mientras que en las crisis del Sur Global el saqueo suele vincularse estrictamente a la supervivencia alimentaria, desde la periferia hacia el centro de París el fenómeno expone un malestar ligado directamente al consumo.

Aquí cobra plena vigencia la advertencia de Karl Marx cuando señalaba que "el dinero es el alcahuete entre la necesidad del hombre y el objeto, entre su vida y sus medios de vida". Ya sea que se critique la vandalización de más de 1.500 comercios de barrio y pequeños trabajadores, o el hurto simbólico de una cartera de lujo en las grandes boutiques, el dinero y la mercancía operan en estos disturbios como el termómetro de una profunda frustración.

París representa una promesa de bienestar, acceso a la cultura y consumo que hoy resulta estructuralmente inaccesible para la juventud de las banlieues y de las coronas del Gran París. La pérdida de esa capacidad de consumo genera una rabia que a menudo deriva en una preocupante violencia "del pueblo contra el pueblo", afectando tanto a corporaciones como a pequeños comerciantes y fracturando el tejido social.

Este malestar en la cultura del consumo capitalista se evidenció también el domingo por la mañana cuando, de manera espontánea, se armaban asambleas populares entre los ciudadanos. Muchos de ellos, incluso, colaboraban activamente en limpiar y ordenar una ciudad marcada por las secuelas de manifestaciones que oscilaron entre la protesta pacífica y el enfrentamiento directo con las fuerzas represivas.

MINIMIZAR EL FUEGO CON UN DISCURSO VACÍO

Al afirmar tajantemente que "Francia no está en guerra", Macron intentó bajarle el precio a su propia retórica belicista previa —visibilizada en una reestructuración presupuestaria donde el gasto en Defensa y las Armadas ha superado históricamente los recursos destinados a la Educación Nacional—. Pero esta moderación táctica esconde una negativa rotunda a hacerse cargo de la dimensión real del descontento.

Francia, pese a quien le pese, está en lucha; y esa lucha es la lucha de clases ante un régimen, el capitalista, que no puede dar respuestas. París se erige así como el espejo rojo: al igual que en Madrid la lucha por la vivienda digna expone la crisis habitacional, aquí los asalariados, los trabajadores en general y los estudiantes demuestran ser conscientes de una disputa por un mejor nivel de vida, donde el dinero es simplemente el alcahuete que encubre un problema mayor: la distribución de lo material y lo simbólico, las formas de producir y consumir, el rol del Estado y el papel de un gobierno que, en muchos casos, oficia de "jefe" administrador de los intereses del capital financiero.

Mientras el poder intente disolver la revuelta social con gestos de autoridad vacíos y represión en las calles, en las escuelas y en las universidades, la brecha entre el centro y las periferias, la asimetría entre la ciudad y el campo, y la crisis habitacional y laboral continuarán profundizándose. Se abre así un panorama en disputa sobre el presente y el futuro político de un país que siempre ha sido faro y espejo para otras sociedades.

Mientras tanto, la ciudadanía se organiza desde las aulas hasta los barrios y grupos comunitarios, sostenida por una convicción: que la salida debe ser por izquierda, pues es bien sabido que del caos la extrema derecha siempre saca provecho. Quizás revisar el pasado y aprender de él para no repetir errores sea la verdadera escoba para limpiar los escombros y las vidrieras rotas de un sistema que ya no puede sostenerse en pie.

Publicidad