El director de la Escuela Nº 109
“Granaderos de San Martín” de Lucas Norte, Ramón Fernández, compartió con Diario Villaguay una carta abierta
dirigida a la Dirección Departamental de Escuelas de Villaguay y a supervisores,
en la que expone una serie de planteos vinculados con las condiciones en las
que se desarrolla la tarea docente en ámbitos rurales.
Fernández,
quien además se desempeña como secretario general de la CTA de los Trabajadores
por el departamento, explicó al comienzo de su escrito que decidió hacerlo
público luego de reflexionar sobre una situación que, según considera, excede
su caso particular.
“Hay veces
en que escribir deja de ser una elección y se transforma en una necesidad”,
expresó. Y agregó: “Necesidad de decir lo que muchos sienten y pocos se animan
a expresarse. Necesidad de poner palabras allí donde durante demasiado tiempo
hubo silencio”.
Con el
título “Cuando cumplir con la escuela también significa cuidar a quienes la
sostienen”, el docente puso el foco en las particularidades de la educación
rural y en las dificultades que, según describe, enfrentan los trabajadores
para llegar diariamente a sus lugares de trabajo.
“La escuela
rural no es un papel. No es una oficina. No es una casilla dentro de un sistema
administrativo”, afirmó. En ese sentido, sostuvo que la realidad de estos
establecimientos está vinculada con “los caminos de tierra, en las rutas
deterioradas, en las distancias interminables, en el frío, en la oscuridad que
llega temprano” y con situaciones en las que los docentes “muchas veces debemos
hacer dedo para poder llegar o regresar de su lugar de trabajo”.
Fernández
también hizo referencia a las consecuencias personales que implica para algunos
trabajadores sostener la actividad en establecimientos alejados. “Está en dejar
familias, hijos pequeños, madres, padres y hogares para garantizar que un grupo
de niños y niñas tengan todos los días su derecho a la educación”, señaló.
EL PLANTEO SOBRE LA
NORMATIVA
Uno de los
ejes centrales de la carta está relacionado con la organización horaria y la aplicación
de las normas en las escuelas rurales.
“Y, sin
embargo, pareciera que cuando se habla de organización horaria, esas realidades
desaparecen detrás de un escritorio”, manifestó el director, antes de
cuestionar que muchas veces el debate quede limitado a “normativa”,
“procedimientos” y “jerarquías”.
“Pero,
¿dónde queda la persona?”, preguntó.
En su
escrito, Fernández mencionó específicamente el decreto Nº 526/75 y las
disposiciones vigentes del Consejo General de Educación, y sostuvo que
contemplan la posibilidad de realizar adecuaciones debidamente fundamentadas
atendiendo a las características particulares de cada institución.
También
vinculó esas disposiciones con el calendario escolar correspondiente al ciclo
lectivo 2026 y con cuestiones relacionadas con “la seguridad, la salud, el
transporte y las particularidades propias de los establecimientos educativos
rurales”.
A partir de
allí, formuló una serie de interrogantes: “¿Qué sucede cuando una institución
rural plantea una educación fundada en su realidad concreta y esa realidad no
es escuchada? ¿La normativa se aplica solamente cuando resulta conveniente? ¿La
letra de la Ley puede convertirse en una barrera en lugar de ser una
herramienta para resolver situaciones? ¿Puede interpretarse una norma desconociendo
el contexto para el cual fue pensada?”.
Fernández
aclaró que su planteo no apunta a obtener beneficios particulares. “No pedimos
privilegios. Pedimos que se nos escuche”, sostuvo. Y agregó: “No solicitamos
trabajar menos. Pedimos poder trabajar en condiciones razonables y seguras”.
También
remarcó que, desde su perspectiva, el reclamo no implica resignar el
cumplimiento del calendario escolar. “No queremos dejar de garantizar días de
clases, todo lo contrario”, afirmó.
“TAMBIÉN SOMOS
TRABAJADORES”
Otro de los
puntos que atraviesa la carta es la reivindicación de los derechos laborales de
quienes desempeñan tareas en escuelas rurales.
“Quienes
trabajamos en la ruralidad sabemos perfectamente lo que significa sostener una
escuela abierta y funcionando”, expresó Fernández. Según relató, los docentes
continúan concurriendo aun “cuando el camino sea imposible de transitar”,
tengan que “hacer dedo” o sepan que al terminar la jornada todavía les quedan
kilómetros por recorrer para regresar a sus hogares.
“Muchas
veces lo hacemos. Lo hacemos porque somos docentes. Lo hacemos porque detrás de
cada alumno hay una familia y un derecho que garantizar”, escribió.
Pero
inmediatamente planteó otra dimensión de esa tarea: “Pero también somos
trabajadores. Y los derechos laborales no desaparecen cuando cruzamos la
tranquera de una escuela rural”.
CRÍTICAS AL ROL DE LA
SUPERVISIÓN
La carta
también contiene cuestionamientos respecto del papel que, según Fernández,
debería desempeñar la supervisión escolar.
“Supervisar
no debería significar solamente controlar. Supervisar también significa
acompañar, orientar, asesorar, mediar y ayudar a encontrar soluciones”,
sostuvo.
El director
consideró que quienes conocen la realidad de la ruralidad deberían comprender
“las dificultades que existen detrás de cada jornada escolar” y manifestó que
le resulta particularmente difícil cuando, según su mirada, las respuestas
terminan reducidas a cuestiones administrativas sin una instancia de diálogo.
“La
supervisión no debería convertirse en una pared entre el docente y la
autoridad. Debería ser un puente”, afirmó.
Para
Fernández, ese puente debería permitir “llevar la voz de la escuela hacia
quienes toman decisiones”. En ese marco, sostuvo que cuando un docente presenta
una situación concreta y fundamentada, “no está desafiando a la autoridad, está
ejerciendo su derecho a peticionar y a buscar una solución administrativa”.
CUESTIONAMIENTO AL
CONTROL ADMINISTRATIVO
En otro
tramo del escrito, Fernández planteó su preocupación por lo que considera un
exceso de controles sobre los docentes.
“La
burocracia no puede convertirse en hostigamiento”, expresó. Y señaló que
“cuestiones propias de la función administrativa comiencen a sentirse como
mecanismo permanente de control”.
Entre otras
situaciones, mencionó “preguntar reiteradamente si el docente está en la
escuela, controlar cada movimiento, observar cada planteo como si fuera una
falta y transformar una situación laboral en una cuestión personal”.
Según su
planteo, ese tipo de prácticas “no contribuye a mejorar la educación”.
“La
autoridad debe ejercerse con responsabilidad. El control debe tener límites. Y
el respeto debe ser recíproco”, sostuvo.
En
contraposición, afirmó: “Una escuela no se construye desde el miedo. Una escuela
se construye desde la confianza, el diálogo y la responsabilidad”.
AUTOCRÍTICA HACIA LOS
PROPIOS TRABAJADORES
Fernández
también dedicó parte de su carta a una autocrítica hacia los trabajadores de la
educación, a quienes señaló por haber naturalizado determinadas situaciones.
“Durante
demasiado tiempo los trabajadores de la educación hemos aprendido a callar”,
manifestó.
Enumeró como
posibles motivos “el miedo a un acta”, “el temor a una sanción”, la sensación
de que “nada va a cambiar” y la repetición de una frase que calificó como
“peligrosa”: “Siempre fue así”.
“Y cuando
todos callamos, la arbitrariedad encuentra terreno fértil”, expresó.
En ese
sentido, planteó que también corresponde preguntarse “cuánto de esa realidad
hemos permitido, por permanecer en silencio”.
Para el
director, expresar un reclamo no debería interpretarse como una falta de
respeto o un desafío a la autoridad. “Reclamar no significa faltar el respeto.
Preguntar no significa desafiar. Presentar una nota no significa alterar una
jerarquía. Pedir que se cumpla la normativa no significa desconocer la
autoridad”, enumeró.
Y vinculó
esa posición con la propia función educativa: “Ser docente también es enseñar
con el ejemplo y difícilmente podamos enseñar ciudadanía, derechos, participación
y pensamiento crítico si nosotros mismos tenemos miedo a ejercerlos”.
“NO QUEREMOS
PRIVILEGIOS, QUEREMOS DERECHOS”
Hacia la
parte final de la carta, Fernández volvió sobre una de las ideas centrales de
su planteo.
“No queremos
privilegios. Queremos derechos”, sostuvo.
Y agregó:
“No queremos una escuela rural sin reglas. Queremos reglas que contemplen la
ruralidad”.
También
reclamó “autoridades que ejerzan su autoridad con diálogo, razonabilidad y
respeto por quienes sostienen diariamente el sistema educativo”.
En cuanto a
la supervisión, afirmó: “No queremos supervisores ausentes. Queremos
supervisores que acompañen”.
“No queremos
enfrentamientos. Queremos respuestas”, continuó. Y planteó que las notas
presentadas por los docentes no deberían quedar simplemente archivadas:
“Queremos que sean leídas, analizadas y contestadas en tiempo y forma”.
Asimismo,
manifestó su preocupación ante la posibilidad de que plantear una situación
laboral pueda transformarse en un antecedente negativo para quien realiza el
reclamo.
“Porque
decir lo que sucede no debería ser una falta”, afirmó.
“NO ESCRIBO DESDE EL
ODIO”
Fernández
reconoció que la carta podría generar incomodidad o ser interpretada como un
cuestionamiento a las autoridades, pero buscó precisar desde qué lugar decidió
escribirla.
“Tal vez
esta carta genere incomodidad, tal vez alguien considere que se está
cuestionando demasiado”, expresó.
Sin embargo,
remarcó: “No escribo desde el odio. Escribo desde el cansancio”.
“No escribo
para ofender. Escribo para ser escuchado”, agregó.
Y aclaró que
su planteo tampoco apunta contra la educación pública: “No escribo contra la
escuela pública. Escribo porque creo profundamente en ella”.
En ese
sentido, planteó una reflexión sobre el funcionamiento del sistema educativo:
“Una educación que enseña a pensar no debería ser castigar a quienes piensan.
Una institución que enseña derechos no debería incomodarse cuando sus
trabajadores lo ejercen”.
También
sostuvo que una administración que afirma cumplir con la legislación debería
estar dispuesta a escuchar cuando un trabajador plantea que “una determinada
interpretación puede estar desconociendo el espíritu de las normas y las
particularidades concretas de una escuela”.
LLAMADO AL DIÁLOGO
En el
cierre, el director de la Escuela Nº 109 de Lucas Norte insistió en que su
objetivo no es confrontar, sino abrir una instancia de diálogo.
“La
ruralidad no pide lástima. Pide reconocimiento”, afirmó. “Los docentes rurales
no pedimos privilegios. Pedimos que se reconozca nuestro trabajo”.
Y agregó que
quienes trabajan en esas condiciones también tienen derecho a plantear sus
propias necesidades después de haber resignado “familias, hijos pequeños,
tiempo personal y tranquilidad” para garantizar el funcionamiento de las
escuelas.
“Nosotros
también importamos”, expresó.
Finalmente,
Fernández pidió que su carta sea interpretada como “una invitación” a
“dialogar”, “revisar”, “escuchar”, “acompañar” y “construir una administración
educativa donde la normativa no sea utilizada como un número, sino como una
herramienta para encontrar soluciones”.
“Porque la
autoridad puede ordenar. Pero la verdadera autoridad también sabe escuchar”,
sostuvo.
Y cerró su
carta con un pedido concreto: “No pedimos que nos den la razón. Pedimos algo
más sencillo: que nos escuchen”.
“Y cuando
una escuela rural levante la voz, quienes tienen la responsabilidad de conducir
la educación no miren hacia otro lado”, añadió.
“Porque
detrás de cada expediente hay una persona. Detrás de cada horario hay una
familia. Detrás de cada escuela rural hay una comunidad. Y detrás de cada
docente, que sigue llegando, aun cuando todo cuesta el doble, hay una historia
que merece ser respetada”.
Fernández
concluyó: “No queremos privilegios. No queremos silencios. No queremos miedos.
Queremos una educación pública, derechos laborales, diálogo y respeto”.
“Porque
defender la escuela pública también significa defender a quienes todos los días
la mantenemos de pie”, finalizó.
