Seguramente,
por estas horas, las redes sociales se llenarán de salutaciones, mensajes de
reconocimiento y fotografías alusivas al Día del Periodista. Trabajadores de
prensa, medios de comunicación, funcionarios e instituciones compartirán frases
de ocasión para destacar una tarea que, al menos en los discursos, suele
considerarse fundamental.
Sin
embargo, detrás de los saludos y las publicaciones conmemorativas, existe una
realidad que debería estar haciendo sonar todas las alarmas democráticas de
este país.
Sin
ir más lejos, en Villaguay acaba de desaparecer El Pueblo, un diario con más de
100 años de historia. Lo hizo prácticamente en silencio: sin anuncios públicos,
sin comunicaciones oficiales a sus lectores, sin explicaciones a los clientes
que durante décadas confiaron en sus páginas y tampoco a su propio personal.
La desaparición de un medio centenario como ese debería haber generado preocupación, debates y al menos algunas preguntas. Sin embargo, el silencio fue casi absoluto.
Resulta llamativo que -salvo honrosas excepciones, que extendieron su mano de manera privada- ciertas autoridades, dirigentes políticos, instituciones y referentes que durante décadas encontraron en sus páginas un espacio para difundir actividades, comunicar decisiones, expresar opiniones o construir su imagen pública, no hayan manifestado interés, solidaridad ni preocupación por el cierre de uno de los actores históricos de la comunicación local y regional, ni por la pérdida de más de diez puestos de trabajo.
No se trata de la desaparición de una empresa más de las que lamentablemente bajan las persianas cada vez con mayor frecuencia en la Argentina. Lo que está en juego aquí es algo mucho más profundo como la pérdida de una voz, de un archivo colectivo, de una mirada construida durante generaciones y de un espacio donde la comunidad podía encontrarse con información confiable, jerarquizada y contextualizada.
Quizás
parte de esta indiferencia responda a una idea cada vez más extendida:
la creencia de que la comunicación pública puede resolverse solamente mediante una
relación directa entre funcionarios- instituciones y ciudadanos a través de las
redes sociales. Como si bastara con hacer un posteo o publicar una historia de
24 horas en perfiles oficiales para garantizar que la sociedad esté informada.
La función del periodismo nunca fue ni debe ser simplemente reproducir mensajes. El periodismo pregunta. Verifica. Contrasta versiones. Busca antecedentes. Ordena la información. Señala contradicciones. Contextualiza hechos. En definitiva, cumple una tarea de curaduría crítica indispensable para toda democracia que aspire a ser saludable en cualquiera de los tres niveles del Estado.
Cuando
esa función se debilita, no ganan la transparencia ni la participación
ciudadana. Gana la comunicación unilateral, carente de toda crítica, análisis o contexto.
A
esta realidad se suma otro problema que golpea especialmente a los medios
locales y provinciales: la sostenibilidad económica.
En
mercados pequeños, donde los recursos son limitados y la pauta publicitaria se
concentra cada vez más en plataformas globales, sostener un medio de
comunicación se ha convertido en una tarea extremadamente difícil. Detrás de
cada noticia existen horas de trabajo, consultas, entrevistas, pedidos de
información, revisión de documentos y seguimiento de temas para publicar aunque
sea unas pocas líneas, que muchas veces demandan más esfuerzo del que el
público imagina.
Sin
embargo, quienes desarrollan esa tarea suelen hacerlo en condiciones económicas
cada vez más precarias. Los ingresos resultan insuficientes, los salarios
muchas veces son simbólicos y el apoyo necesario para construir proyectos periodísticos
sólidos escasea. Aun así, trabajadores de prensa continúan poniendo tiempo,
compromiso y profesionalismo para ofrecer información de calidad.
Existe
además una problemática que se ha naturalizado peligrosamente: la apropiación
sistemática de contenidos. En una época en la que cada perfil de red social
parece funcionar como un medio de comunicación en sí mismo, se ha vuelto
frecuente que trabajos periodísticos originales sean reproducidos casi de
manera textual y sistemática por otros medios, la mayoría de las veces sin citar fuente. En
ocasiones, el contenido apenas es reformulado superficialmente o procesado
mediante herramientas de inteligencia artificial para disimular su origen.
Detrás
de cada una de esas publicaciones existe un periodista que invirtió recursos,
dedicó tiempo, realizó consultas, recorrió oficinas, siguió audiencias o sesiones, revisó archivos o efectuó
entrevistas para presentar una información propia. Ignorar ese esfuerzo no
solo constituye una falta ética grave sino que representa una forma de competencia
profundamente desleal, que termina debilitando aún más la producción
periodística local.
El
fenómeno no es exclusivo de las ciudades del interior profundo del país. A nivel nacional también
se observan señales preocupantes.
Durante
las dos décadas pasadas, y particularmente en los últimos años de kirchnerismo
y desde la llegada de Javier Milei a la Presidencia, la relación entre el poder
político y parte del periodismo ha atravesado momentos de fuerte confrontación.
Las descalificaciones públicas, los señalamientos permanentes y la construcción
de discursos que presentan a la prensa como un adversario político contribuyen
a erosionar la confianza en una institución que, con sus errores y
limitaciones, sigue siendo uno de los pilares esenciales del sistema
democrático.
Por eso, este Día del Periodista debería servir para algo más que intercambiar felicitaciones. Debería invitarnos a reflexionar sobre qué lugar queremos darle al periodismo en nuestras comunidades. Sobre cuánto valoramos la información profesional frente al ruido permanente de las redes sociales. Sobre la necesidad de proteger espacios donde todavía se investiga, se pregunta y se verifica antes de publicar.
También
sobre una deuda pendiente de la sociedad con quienes ejercen esta profesión:
reconocer que detrás de cada noticia hay trabajo, tiempo, recursos y una
función social que no puede reemplazarse simplemente con algoritmos o
aplicaciones de inteligencia artificial.
En
ese contexto, merece destacarse y acompañarse la iniciativa impulsada por Juan
Manuel Fabricius para que Villaguay cuente con un espacio público que honre a
los periodistas. La propuesta, presentada ante las autoridades municipales y a
la espera de una respuesta, representa un gesto simbólico pero significativo
que es reconocer el aporte de generaciones de trabajadores de prensa que ayudaron
a contar, documentar y preservar la historia cotidiana de una comunidad.
Porque
los medios pueden cambiar, las tecnologías pueden transformarse y las formas de
comunicación pueden evolucionar. Pero mientras existan sociedades democráticas,
seguirá siendo indispensable la tarea de quienes buscan información, hacen
preguntas y trabajan para acercar a los ciudadanos una versión más completa y
rigurosa de la realidad.
Y
eso, mucho más que una fecha en el calendario, es lo que vale la pena defender.
L.B.
